La profesora Mara y la chica que coleccionaba letras saladas.

La profesora Mara

– ¡Basta! – Gritó la profesora desde la puerta de salida al patio. El corrillo de niños se abrió y todos se volvieron sorprendidos hacia ella. La señorita Mara comenzó a caminar hacia ellos. Con rostro serio y paso firme y tranquilo. Mientras tanto, los niños sin dejar de mirar a la mujer se fueron abriendo en una especie de estampida silenciosa y lenta.

Muchos de ellos miraban hacia otra parte o se ponían a charlar en un intento de disimulo, pero la señorita Mara había chequeado milimétricamente todos los allí presentes. Por otro lado, un grupo de cuatro niños permanecieron en el mismo lugar, erguidos y en actitud desafiante. La mirada de la profesora descansaba fija en ellos.

Por detrás de ellos y apenas imperceptible, asomaba un mechón despeinado del cabello de Tesa, la niña que estaba siendo objeto de la mofa de sus compañeros de clase. La profesora le pregunto si estaba bien y Tesa contestó que sí, que solo estaban jugando. Los muchachos se miraron entre si e hicieron el intento de marcharse airosos, sin embargo, Mara los detuvo y les ordenó que fueran a clase. Tesa pidió a su maestra en tono de suplica que no castigara a sus compañeros porque todo estaba bien. Mara la miró fijamente y con voz profunda pidió a la niña que se reuniese en la clase con el grupo.

«Os voy a contar una historia que me contó mi padre cuando yo apenas tenía cinco años. Es la historia de la chica que coleccionaba letras saladas» – dijo Mara acomodándose encima de su mesa.

La risueña Eli

Hace muchos años, en uno de los barrios más humildes de la ciudad, vivía una familia de escasos recursos. El padre, la madre y sus dos hijos mellizos, se refugiaban en una pequeña chabola que alguien por caridad les ofreció.

La pequeña Eli era la que nació en segundo lugar. justo dos minutos después de su hermano Abel.

Era una niña muy risueña y soñadora. Se pasaba el día imaginándose historias de guerreros y espadas libertadoras; o hadas que derretían el hielo.

A pesar de la miseria que le rodeaba, era feliz. De eso se encargaban sus padres, que con malabarismos sentimentales, convertían la tristeza de aquella vida en todo una camino de oportunidades posibles para los chicos. Pintaban la negrura de aquellos tiempos con los colores de la esperanza.

A base de duro trabajo y un descomunal esfuerzo de los padres, los chicos pudieron acudir a la escuela, aunque debían de alternarlo con jornadas laborales desde apenas los diez años, para ayudar a la familia.

Algunas veces, sus compañeros del colegio se reían de ellos por llevar las ropas zurcidas o los zapatos con agujeros. Esto entristecía a los niños, pero su madre, pronto les levantaba el ánimo diciéndoles que con paciencia ellos también tendrían ropa y zapatos nuevos.

El encuentro con Mandy

Un día, en casa de los señores Castelnar, una de las familias más ricas de Barcelona y dónde Eli trabajaba junto a su mamá, sucedió algo que cambiaría para siempre la vida de la muchacha.

Habían pasado unas semanas desde que la pequeña Eli trabajaba allí, cuando conoció a la primogénita de la familia: Mandy, una joven de la misma edad que Eli.

Mandy era malcriada, consentida y soberbia. Estaba acostumbrada a someter a todos a su voluntad, incluso a sus padres. No había nadie que no sucumbiera ante las rabietas y los improperios de la maleducada niña.

Cuando se cruzaron por uno de los kilométricos pasillos de la mansión, Eli portaba una sonrisa angelical en sus labios. Era habitual verla sonreír. Mandy la miró con desprecio y la ignoró. – Hola – dijo Eli tomándola del brazo. Mandy entonces, de un golpe brusco se soltó y le lanzó una mirada fulminante. Eli se sonrojó y pidió disculpas a Mandy. Cuando Eli se disponía a volver con su madre a la cocina, Mandy le pidió que la acompañara a su cuarto. Eli accedió recuperando la sonrisa.

Mandy la malcriada

Mandy entró en su cuarto y se sentó de un salto en la cama. Eli todavía estaba admirando la decoración y las dimensiones de la estancia, cuando Mandy le ordenó que vaciara su ropero. Volvió la cabeza extrañada y entonces Mandy repitió la orden. Eli así lo hizo. Cuando ya estaba toda la ropa fuera del armario, Mandy ordenó a Eli que la volviera a colocar de la misma manera.

Eli la miró todavía más desconcertada. No entendía a que venía eso. Sin embargo, como ya le había advertido su madre, «ver, oír, callar y obedecer». Por tanto, volvió a colocar todo en su sitio son rechistar.

Cuando hubo ordenado de nuevo el ropero de Mandy, esta le preguntó si alguna vez había visto tantos y tan bonitos vestidos. Ella respondió que no con cara de entusiasmo y añadió que todos eran preciosos.

Después, con un gesto de afirmación en su rostro, dijo que con paciencia, ella también tendría un ropero igual. Mandy la miró con el rostro congelado durante cinco segundos y después, rompió en una sonora carcajada que resonó en toda la casa.

Un día triste

Eli la miró entornando los ojos. Sin comprender el porqué de esa risa descontrolada y burlona. Mandy cortó la risa en seco y levantando la cabeza de forma altiva dijo alzando la voz que ella jamás tendría un armario así – Tú solo podrás aspirar a tener vestidos de paño de segunda o tercera mano comprados en el mercado callejero – sentenció.  Eli clavó su mirada en los ojos de Mandy, después volvió a mirar los vestidos perfectamente colgados en el armario y de nuevo los ojos de Mandy, que seguía mirándola con una ceja arqueada. Eli se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de la habitación mientras continuaba escuchando la risa despiadada de Mandy.

Bajó a toda prisa por las escaleras y se dirigió a la cocina a reunirse con su madre. La punzada en el estómago le atravesaba hasta la espalda. Abrió la puerta con un golpe brusco y se encontró de frente con su madre. Esta después de ver la palidez de su rostro conjuntando con las orejas coloradas, supo que algo no marchaba bien. Por tanto, pidió a su hija que volviera a casa y descansara.

El gran descubrimiento

La niña así lo hizo. Llegó a casa y fue directamente a su habitación. Posteriormente, abrió su armario y vio dos vestidos de paño que colgaban solitarios en sus perchas. Los sacó de un tirón y los dejó caer al suelo. Los ojos se le humedecieron y, por primera vez en su vida, comenzaron a brotar lágrimas. Se echó con dejadez sobre la cama y hundió la cara en la almohada.

Después de un rato, ya más calmada, levantó la cabeza y vio con sorpresa, que el cojín de su cama estaba bordado con miles de letras mojadas. Desconcertada se acercó a observar aquel extraño tapiz que se había formado con su llanto. Comprobó las letras desordenadas de multitud de colores y tamaños, repartidas por toda la almohada.

En cada lugar dónde una lágrima suya había caído, una letra la sustituía. Se frotó los ojos incrédula pero de nada sirvió. Efectivamente eran letras. Sin saber que hacer con ellas, decidió por el momento, guardarlas en una bolsa.

Aquella noche, después de cenar, mostró a su familia el saco con las letras saladas. El padre se rascó la cabeza al tiempo que abría los ojos de par en par sin saber que decir; La madre sonrío y le aconsejó que lo guardara bien y tuviera paciencia porque tal vez algún día, cuando el saco estuviera lo suficiente lleno, podría venderlas. Su hermano Abel, simplemente lo miró y mostró indiferencia.

La mayor decepción

Por la mañana se despertó más temprano de lo habitual. Había decidido llevar la bolsa al colegio para mostrarla a sus compañeros de clase y su profesora. Estaba entusiasmada con la idea. Seguro que aquello la haría popular y todos querrían acercarse a ella. Sin embargo, sus sueños de convertirse en un referente para sus vecinos de pupitre, se desvanecieron de golpe.

Los niños comenzaron a gritar que estaba loca mientras la señalaban y retrocedían alejándose de ella. Ante el barullo formado se acercó su profesora para ver qué pasaba y cuando Eli le mostró el contenido de la mochila y posteriormente le contó lo que le había sucedido, ésta lejos de defenderla, le arrebató de un tirón la bolsa y con un gesto violento y soberbio la arrojó a una papelera ante la mirada atenta de todos los niños del colegio.

Eli la loca

Salió corriendo enrojecida por la humillación y por la pena mientras escuchaba al unisonó como un estruendo las voces de cientos de niños gritando – ¡Eli está loca! ¡Eli está loca!

Después de aquello no volvió a la escuela. En su lugar le buscaron una casa de ricos donde servir y así lo hizo.

Pero el rumor de su locura había corrido como la pólvora y cada día se fue quedando más sola. Jamás volvió a hablar con nadie de la magia de sus lágrimas. Ni tampoco las volvió a mostrar.

Vaciando sueños

Su vida se fue convirtiendo en un sendero gris y sombrío. A medida que se hacía mayor iba perdiendo la esperanza y también la paciencia. Esa a la que su madre recurría una y otra vez para asegurarle que existía un mundo más amable.

En consecuencia, sus sueños de un armario lleno de bonitos vestidos se esfumaron. Las aspiraciones de poder trabajar de redactora en el diario de la ciudad y poder instalarse en el centro volaron, a la misma velocidad que creció su saldo de letras y que se desdibujó su sonrisa angelical.

Una pequeña gota de agua en el desierto

Una tarde volviendo del trabajo, mientras caminaba cheposa y cabizbaja, el cartel que colgaba en el escaparate de una librería llamó su atención: «Las letras son el mayor tesoro de tu vida» Durante varios minutos se detuvo frente a aquel eslogan. Mil pensamientos viajaban por su mente. La fascinación se reflejaba en sus ojos y por un breve instante, un amago se sonrisa se dibujaba en su rostro.

El sonido de la puerta del establecimiento la devolvió al presente. Un señor de rostro amigable y mofletes colorados, aparecía sonriente para darle las buenas tardes – ¿Quiere usted pasar? – le invitó aquel hombre con aspecto de bonachón. Eli aceptó la invitación. Nada le gustaba más que los libros.

Desde que comenzó a llorar y a guardar sus lágrimas en forma de letras, su único aliciente había sido la lectura.

Giró sobre su eje trescientos sesenta grados, admirando aquel lugar polvoriento y mágico. Estanterías repletas de libros. Mesas donde descansaban primeras ediciones descoloridas y con ese embriagador olor a añejo. Su corazón palpitaba deprisa y por primera vez desde hacía años, la curva de sus labios, tomó una forma ascendente.

El hombre, que la miraba con total asombro, sugirió entonces a Eli que lo acompañase a visitar todos los rincones de la librería. Ella, acepto con gratitud.

– ¿Me permite que le haga una pregunta? – preguntó el librero.

– ¡Por supuesto! – contestó ella volviéndose para mirarlo.

– ¿Qué es lo que le ha sorprendido tanto de este lugar? He observado que ha estado usted un buen rato admirando el escaparte – le dijo entornando los ojos.

Eli sintió el rubor en su rostro y bajo la mirada.

– Disculpe – dijo el librero nervioso – No era mi intención ofenderla. No tiene usted que contestar. Perdone mi atrevimiento.

La confesión

Entonces Eli se volvió de nuevo hacia él y con voz susurrante y tímida, le desveló su secreto más preciado: su colección de lágrimas en forma de letras.

El hombre abrió de par en par los ojos al mismo tiempo que la boca. Después se llevó la mano a la cabeza y buscó la silla para sentarse. Eli lo miraba con asombro. Le pidió que se sentara ella también y que por favor, le contara todo. Ella lo hizo de buen agrado. Cuando el librero terminó de escuchar la historia de aquellas letras envueltas en agua salada, hizo una petición a Eli: «Coge todas las letras y colócalas en una libreta formando palabras. Después tráemelas»

La mujer aunque con extrañeza y cierta desconfianza, no pudo más que obedecer la demanda de aquel señor. La idea, aunque no la entendía, le entusiasmaba.

Al cabo de dos días, volvió a la librería con la primera libreta completa. La entregó al librero y éste le pidió que hiciera lo mismo con todas las que tuviera. Después le dijo que volviera al día siguiente.

Se marchó de allí con cierta inquietud, pues hasta ese momento, nadie había vuelto a ver su extraña colección.

Llegó a su casa y se dirigió a la antigua habitación de su hermano. Estaba repleta de cajas apiladas hasta el techo. También en los armarios. No había ni un solo rincón donde no hubiera una caja llena de letras. Eran todas y cada una de las lágrimas que Eli había derramado en su vida.

Nunca es tarde

Al día siguiente, se dirigió a la librería tal y como el librero le había solicitado. A escasos metros de llegar se detuvo de golpe. Perpleja vio en el escaparate un enorme cartel con su nombre «Elisabeth Montes Clara» y debajo un título «La chica de las letras saladas» y a los pies, un libro con la tapa de piel marrón y un ribete de pequeñas letras bordadas en rojo.

El corazón le dio un vuelco y de sus ojos comenzaron a brotar pequeñas letrillas que resbalaron por sus mejillas. Así fue como Elisabeth Montes Clara se convirtió en la mayor escritora que jamás se haya conocido. Sus historias, conocidas en todo el mundo, fueron cuidadosamente ordenadas en libros hechos a mano, con lágrimas vertidas por la desesperanza, la tristeza y el dolor. Pero también por la alegría, el entusiasmo y la ilusión. Cada una de sus páginas, estaba impregnada de la vida de alguien que a pesar de ser la más pobre y la de menos vestidos, portaba el mayor de los tesoros…Un corazón noble y cargado de paciencia.

De vuelta a clase

Cuando la profesora Mara terminó de relatar la historia, los chicos estaban en absoluto silencio. Ninguno se atrevió a hablar. Ni siquiera a mirarse entre ellos.

De pronto, un muchacho de la última fila se puso en pie. Era uno de los cuatro chicos que se burlaban a diario de Tesa. Caminó hasta su pupitre y allí se paró. Junto a Tesa, que con los hombros encogidos y la mirada fija en la mesa no se atrevía a alzar la vista. – Perdónanos – dijo el muchacho con voz tímida al tiempo que extendía su mano hacia la niña. Ella levantó la cabeza para mirar al joven. Con sus gafas sucias y torcidas y el pelo destartalado, dibujó una amplia sonrisa en su rostro y tomó la mano del muchacho. Éste, le devolvió la sonrisa dejando al descubierto los hierros que cubrían sus dientes. Los dos rieron con ganas igual que el resto de sus compañeros.

Sonó el timbre y los muchachos permanecieron unos segundos más en sus sitios, esperando a ver si la señorita Mara les decía algo más. Pero ella estaba en silencio, guardando sus cosas en el maletín. Después se dirigió a la puerta para marcharse y antes se volvió hacia ellos y les dijo: – «Como las luces y las sombras, vuestro gran talento se halla en el llanto pero también en la risa. De vosotros depende encontrar tesoros tristes o por el contrario que la alegría de vuestros valores, ilumine el mundo».

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