Lya y Héctor, una historia de, ¿amor?

La tristeza de los primeros momentos

Había dejado la mirada perdida en algún punto del techo y se acariciaba la cara como una autómata. Sus ojos se me antojaban ausentes, vacíos, perdidos, como si nada hubiera para ver más allá de sus propios pensamientos… Esto es lo que ocurre cuando la dependencia se confunde con amor.

Aquella era la primera noche que pasaba sin su compañía. Aunque fue decisión suya esta nueva realidad, toda su alegría, sus esperanzas, incluso su rabia más profunda, sin embargo, se marcharon por la misma puerta y al mismo tiempo que se marchó Héctor.

El encuentro

Desde que se conocieron, dos años antes, en la exposición de Dante, un pintor «esquizofrenético», talentoso, adicto a cualquier sustancia, concepto o hábito que resultase nocivo para la salud y amigo de ambos, Lía supo que aquello no podía terminar bien. Lo supo en el mismo instante en que aquel polvo blanco entraba por la nariz de Héctor. Pero como suele ser habitual, hizo caso omiso a sus propias sensaciones y, comenzó a contarse la primera mentira: “lo podrá dejar. Es es un tío genial”. Así fue como Lía y Héctor terminaron durmiendo juntos aquella noche. En realidad, dormir más bien poco.

La primera decisión

Ella harta de procesionar por un buen puñado de camas en los últimos años y con una sobrada preparación y más sobradas ganas de emprender una relación «seria». Y él, simplemente con predisposición para apalancarse allí donde fueran capaces de aguantarle, decidieron que el motivo que les había llevado al dormitorio la noche anterior, era más que atracción sexual. Era química, física y matemáticas y que por tal, merecía la pena dar la oportunidad de conocerse a fondo y comenzar un camino juntos. Una prueba más de lo que ocurre cuando la dependencia se confunde con amor.

Bastaron un puñado de días para que Héctor trasladase sus pocos enseres a casa de Lía. Ella, cuando lo vio aparecer con apenas una maleta y dos cajas medianas, se enterneció por la lástima que le provocaba tan escaso patrimonio. Obvió entonces, que todas sus pertenencias habrían sido, probablemente, aspiradas por su napia. Sí, en aquel momento, eso no era importante, lo que de verdad importaba, era la delicadeza y la ternura con la que Héctor la trataba; la conexión que sentía con él, que jamás la había experimentado, ni siquiera en los mejores años con el padre de su hija Rita y la libertad de poder ser ella misma en todo momento; eso era a lo que Lía se había vuelto adicta, de la misma manera que Héctor lo estaba a la cocaína.

Entre altas dosis de risas, confidencias y sexo sin precedente, transcurrieron las primeras semanas de su aventura, dónde lo único que turbaba aquella especie de oasis, era el sonido que hacía Héctor cuando se encerraba en el baño a como él lo llamaba «darse un homenaje», algo que retumbaba en los oídos de Lía.

Las primeras decepciones

Con el paso de los días, las semanas y los meses, surgieron los primeros roces. Héctor, instalado en la comodidad y en la confianza que ya había tomado con Lía, hizo de la casa de ella, su casa, del trabajo de ella, su fuente de ingresos y del baño, su rincón favorito. Con este talante y sintiéndose como pez en el agua, sus «homenajes» crecían proporcionalmente a la decepción de Lía, que veía con la misma dosis de rabia y de tristeza, como él esnifaba cada día más coca, más sueños y más dinero.

Los reproches no se hicieron esperar y tardaron en llegar lo que dura que el embelesamiento de las primeras noches pase más allá de la garganta y comience el proceso de digestión. Lía, día sí y día también, reprendía a Héctor por su comportamiento inmaduro, su inactividad y su falta de interés por las responsabilidades domésticas y económicas. Héctor, lejos de agachar la cabeza y sentir por lo menos vergüenza, levantaba el pecho y se ofendía cual gallito erigiéndose amo del corral.

Lía entonces, empezó a debatirse entre la razón y el corazón. O lo que es lo mismo, entre los vicios de Héctor y su propio vicio hacia los abrazos y caricias de éste. Comenzaron así todo un periplo de riñas y frenesí. Al menos dos veces por jornada, se enzarzaban en una bronca que terminaba por resolverse en la alcoba – ¡No hay nada que un buen polvo no pueda solucionar! –, porque al fin y al cabo, los dos estaban enganchados a lo mismo: él al polvo blanco y ella a los polvos con Héctor. Pero estas, como toda adicción, también tenían una cara menos amable que se traducía en frustración y trauma y que se asomaba cuando pasaba el efecto de la dosis. Así fue como fueron descubriendo las partes menos anheladas de ambos. Las ajenas y también las propias.

El cristal que cambió la visión

Había pasado algo más de un año, cuando para Lía, llegó el momento, al que yo llamo, de la «copa rota» – Se trata de ese acontecimiento que impacta y rompe para siempre la relación, igual que una copa. Puede recomponerse, pero jamás volverá a ser lo que era – Consiguieron encontrar el equilibrio entre los gritos y los abrazos; se adaptaron con reservas el uno al otro y establecieron algo parecido a una relación más o menos estable, pero un día, lejos de cualquier posibilidad de evolución y cerca del esperado cataclismo, Lía descubrió el detonador que haría estallar en mil pedazos el cristal de su frágil unión. Héctor había robado las joyas que pertenecieron a sus padres, que ella y su hermana habían heredado y que ambas decidieron que permaneciera bajo la custodia de Lía.

Como cabe esperar, el hallazgo no sentó nada bien a Lía, que enfureció como si la «llevaran los demonios» por la impotencia y la rabia de saberse engañada, vapuleada y vilipendiada por Héctor, que además de aquel tesoro, saqueó la poca conexión que le quedaba con su propia identidad y el recuerdo de la dignidad que un día ostentó.

Cuando lo tuvo delante, descargó toda su ira en él. Una parte de ella, deseaba el enfrentamiento, esperaba una reacción vehemente por su parte para justificar la agresión a su identidad física, verbal y emocional, pero Héctor, sabiendo el dolor que le había causado, agachó la cabeza y confesó como un niño indefenso y perdido, asustado por la violencia verbal de Lía y arrepentido como católico en el confesionario. Ella, que llevaba el discurso escrito en cada una de las lágrimas que el descubrimiento le provocó, al ver la reacción de Héctor, se fue desinflando como un globo, hasta quedarse en una mínima expresión.

Esperando nuevos horizontes

Creyó en las promesas de plástico de Héctor y en su propio convencimiento de que lo podría cambiar y reconducirlo en la vida. Se puso manos a la obra y comenzó por fiscalizar todos sus movimientos. Los pasos que daba, el dinero que gastaba y hasta las veces que se levantaba para ir al baño por necesidades fisiológicas. Fracasó. Como es de esperar, la buena actitud que él mostró en la fase inmediatamente posterior a la catarsis, no se dilató en el tiempo, principalmente, porque las buenas intenciones, no suplen el vacío que la cocaína deja y su correspondiente abstinencia, que precisa altas dosis de voluntad y sacrificio, un precio que Héctor, todavía no estaba dispuesto a pagar.

Lía, cansada ya de tanta lucha, decidió por fin, que había llegado el fin.

Utilizando toda su rabia y rencor como herramienta para no derrumbarse delante de él, diez meses después de que Héctor la dejara sin dinero sin herencia y sin alma, le pidió que se marchase de su casa. Él, una vez más, hizo lo que mejor sabía hacer, manipular. Una vez más, recurrió a su mala suerte y a su desgracia, para salir airoso del ultimátum de Lía. Le costó más horas que de costumbre, pero lo consiguió. Ella, al tiempo que reculaba en su decisión, avanzaba en su particular travesía hacia el odio propio.

La gran decisión

A las pocas semanas, todo se volvía a repetir. Esa vez, Héctor, dormiría fuera de casa de Lía.

Despojada de cualquier bien, material o inmaterial. Mas mil reproches que hacerle, que hacerse. Con más rabia en las entrañas de lo que hubiera calibrado jamás. Siente tanta pena que hasta el llanto se queda corto. Y tanto rencor que ni ella sabe qué hacer con él. Lía se enfrenta a su primera noche sin Héctor y en lo único en lo que no puede dejar de pensar, es en el maldito mensaje, que por enésima vez ha escrito y ha borrado pidiéndole que vuelva.

Anulando la gran decisión

Al final no pudo. O mejor dicho, no quiso resistirse y lo envío. En media hora, lo tenía delante de su puerta. Vistiendo su mejor sonrisa. Con las orejas agachadas y esa ternura en sus ojos que tanto gustaba a Lía.

Ella lo sabía. Lo supo desde el primer día. Aquello no era sano, no era beneficioso para ninguno de los dos. Sin embargo, era una fuerza superior a ellos. Una energía que los movía a su antojo. Tan atrayente como dañina. Toxicidad en estado puro. Sentimientos enfrentados, perpetuos conflictos, incoherencia de actos, pensamientos y sentimientos, pero nada podía compararse con lo que experimentaba cada vez que él la abrazaba.

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