El día que comprendí el amor desde una hamaca

Hamaca colgada de un árbol en el campo

Tan solo curiosidad

Al principio estaba incomoda. Me clavaba aquella tela en el cuerpo y la postura era bastante complicada para mantenerla por mucho tiempo. Además, el movimiento, tarde o temprano acabaría por marearme.

Respiraba de forma corta y rápida, lo que me indicaba que aquello, lejos de ser un placer, era una auténtica tortura. Me estaba transportando derecha a la ansiedad – ¡Y luego dicen que una hamaca en mitad del campo es un paraíso! –

A mí la experiencia me estaba resultando fastidiosa e irritante, por no mencionar el absurdo detalle de tener que fabricar toda una estrategia de ingeniería mental para bajarme de allí sin estampar mi esqueleto en el suelo.

Parece una tontería, pero sin embargo, con las cosas más simples se corren los mayores riesgos.

¿Por qué no me estaría quieta?

¡Siempre me lo decía mi madre! – ¡No te subas ahí que te harás daño y no podrás bajar! – Pues mira, ahí estaba yo, tumbada en aquel artilugio del infierno, haciéndome polvo la espalda, con los pies más altos que la cabeza y retrasando el momento de bajar de allí por muy incomoda que estuviera, para no estrellarme.

En primer lugar cerré los ojos para respirar profundamente y tranquilizarme; si no lo hacía, acabaría en “modo histeria” y sería mucho peor. ¿Quién me mandaría a mí experimentar? ¡Con lo guapa que estoy quieta y obediente!

Empezando a calmarme

Después, me mantuve unos segundos con los ojos cerrados, sólo respirando, en un desesperado intento de “apaciguar a la bestia” (así es como me defino cuando el pánico me supera). Me percaté de lo bien que olía el aire. Olía a limpio, a flor y fruta, a bosque. Olía a oxígeno. Bueno, no sé como huele el oxígeno, ni siquiera sé si huele. De lo que estoy segura es de que no olía como el interior de aquella estúpida mascarilla que me acompaña a diario.  ¡Quiero más oxígeno! – me dije – y aspiré con más fuerza y cerrando más los ojos.

De repente, todo cambió

Dejé de sentir vértigo y el movimiento brusco se tornó una sutil mecida.

Los músculos de mi cuerpo se relajaron y dejé de sentir dolor. La tela ya no me molestaba, ni siquiera la sentía. Los jadeos entrecortados que daba al sentirme atrapada en aquella trampa desaparecieron y mi respiración se volvió lenta y profunda.

La brisa del aire me acariciaba el rostro y me balanceaba en un suave movimiento embriagador.

Abrí los ojos, deseaba emplear todos mis sentidos. Levanté la mirada intentando encontrar el final de aquel árbol que me sujetaba en silencio. La vista se me perdió entre sus ramas sin poder hallar el final. Era como por ejemplo, leer un buen libro que te transporta a otra dimensión.

De la curiosidad a la reflexión

Me avergoncé. Sentí el sonrojo cuando contemplé su tronco fuerte y desnudo, aguantando mi peso, mis caprichos, mi ignorancia y mi insolencia por haberme comportado como una autentica imbécil más pendiente de tenerlo todo bajo control que de disfrutar del momento.

En aquellos instantes, todo dejó de existir.

O al contrario, todo cobró más existencia que nunca. Sin embargo, a mí, nada me importaba más que seguir sintiendo aquello…

Nada tenía más sentido para mí que la sensación de sentirme completamente libre.

En definitiva, el movimiento que tarde o temprano acabaría por marearme, finalmente se convirtió en el movimiento de mi vida.

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